El martirio del dramaturgo
Yo escribo para niños y niñas y es por eso que siempre estoy alerta con lo que sucede a mi alrededor a los infantes. En Cuba atravesamos muchos problemas económicos que nos llevan a situaciones sociales complicadas y eso se refleja en las infancias.
Suzanne Leveau en su libro Las huellas de la esperanza dice: (la voy a parafrasear), que los niños y niñas protagonistas de sus obras de teatro son especiales, porque tienen grandes conflictos para resolver. Son niños y niñas únicos, porque sus dilemas los trascienden a ellos, a los adultos y a nosotros como espectadores y creadores.
Aquí no voy a hablar de niños y niñas sin problemas. El teatro es conflicto, es denuncia, es traspasar la realidad y llevar eso a escena puede ser uno de nuestros grandes retos como dramaturgos.
Siempre estoy rodeado niños y niñas y de sus vidas terribles. Los veo a diario, en el teatro, en las escuelas, en los hogares. Me gustaría poner tres ejemplos de infantes con grandes conflictos, que he visto por estos días cerca de mí.
1. A Teatro La Proa a menudo llega un niño de unos diez años de edad al cual lo dejamos entrar gratis, porque es del barrio y vive muy cerquita. Le diremos Matías para guardar su identidad. A Matías, Arneldy y yo lo hemos visto correr en el techo del teatro con otros niños. Lo hemos regañado y le hemos recordado que tiene que ayudarnos a cuidar el teatro, porque él y otros niños vienen a disfrutar de sus obras. Matías siempre se sienta en nuestra alfombra roja, delante de la platea junto a los demás pequeños. Va en chancletas con los pies muy sucios, con ropita vieja y detrás de su mirada infantil hay mil historias desconocidas. Matías a veces golpea a los niños que están a su alrededor. Una vez los padres, de los otros niños, se quejaron, dijeron que Matías es agresivo y que no respeta. Todos los trabajadores de la sala, pasamos vergüenza.
El siguiente fin de semana Leitza nuestra vendedora de entradas no lo quería dejar pasar y él llorando, con enormes lágrimas, me pidió que hablara con ella mientras juraba que no lo volvería hacer. Esta historia ahora se cuenta en pocas líneas, pero fue tensa la situación del niño “rajado en llanto” delante de todo el público. Lo consolamos, lo calmamos y entró a la sala. Desde ese día no ha golpeado a nadie más en el teatro. Lo peor es que Matías anda siempre con un punzón en la cintura, y cada vez que llega a Teatro La Proa, antes de entrar a la sala, nuestra vendedora de entradas, con mucho cariño, le pide de favor, que le deje el punzón en la recepción, que ella se lo cuida. Hace unos días Leitza me dijo que lo encontró a las 10 de la noche vendiendo chicles en la calle y él no la conoció, o tal vez, no quiso conocerla.
2. Matías siempre anda por el barrio en Centro Habana con un grupito que ronda su edad. Todos vienen junticos al teatro. Son niños y niñas que rondan los diez y doce años. En esa camarilla siempre viene una niña con su hermanita, que es otra niña de unos dos o tres años. La trae casi como un paquete colgado a su cintura. Leitza es la que más los conoce, porque ella es quién los recibe cuando llegan.
Un día Leitza me dijo choqueada que uno de los niños del grupo de Matías había tenido un accidente y lo mató un carro en Belazcoaín y Carlos III. Pregunté cómo fue. Me contó que a ese grupito de niños ella los ha visto a veces en ese semáforo pidiendo dinero o limpiando los parabrisas de los carros. Ella no sabía los detalles, pero tal vez el accidente del niño fue mientras trabajaba. Yo paso a menudo por ese semáforo y no he visto a esos niños. A lo mejor ya la camarilla no va al semáforo a trabajar. Me gustaría creer que el accidente sucedió en otras circunstancias.
Con Matías y su camarilla ya comencé a escribir una obra. Es mi nueva causa de insomnios. Matías llegará a la escena y el proyecto está dedicado a eso miles de niños que he visto en calles y semáforos de varios países del mundo.
3. Otro día justo frente del teatro y pasó un padre joven con una niña como de 4 o 5 años. La traía de la mano y él venía pidiendo limosna. No estaban mal vestidos, no se veían enfermos. Me sorprendió mucho la edad del padre. A mi entender no llegaba a 40 años y también me sorprendió la edad de la niña. Pero sobretodo aquella situación me impactó, porque quizás ese padre no sabía, o no le importaba el ejemplo que le estaba dando a su hija. Ese hombre le enseñaba a esa niña a pedir limosna. La mayoría de los que estamos aquí sabemos que los niños aprenden, en edades tempranas, a través de la observación. El ejemplo de ese adulto pidiendo limosna, no era el mejor para mostrar a un menor. ¿O es que pedir limosna es un trabajo digno? Ahí mismo se activaron mis radares y comencé a hacerme mil historias con ese padre y esa niña. Me pregunté cuáles son los trabajos dignos y me cuestioné, por qué tengo que juzgar lo que ese padre le enseña a su hija.
Hay muchos más ejemplos. En mi barrio me siento en la acera en medio de las interminables horas de apagones. Allí veo a los niños y niñas jugar, pero también me sorprenden los escándalos y las golpizas de las madres cubanas a sus hijos e hijas. Con mucho tacto trato de averiguar los porqués de las situaciones. Cuando conversan trato de acercarme a escuchar, mientras disimulo con el celular. Ya he escrito varios apuntes para futuras obras, todo extraído de esas investigaciones callejeras. Por ejemplo, escuchando subrepticiamente me enteré que dos de ellos roban palomas en las noches y que otros, con solo seis años ya fuman los cigarros robados de sus padres.


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